26 de febrero de 2012

Lo que el pasado nos quitó, nos lo devuelve el presente.

¿Cuántas veces hemos intentado pensar en algo mejor y no hemos llegado más que a la mitad de la nada, del absurdo? ¿Cuántas veces hemos estado devanando nuestros sesos con miras a conseguir algo que se parezca a la estabilidad o una seguridad en tiempos venideros? ¿Y cuántas veces otras miramos pasar el tiempo sin obtener más que meros silencios y agudos pinchazos del mundo? No nos engañemos, nuestro futuro está acabado.




Está acabado en manos de aquellos inocentes ignorantes, de aquellos que jactándose de poder, fama o gloria no miran más allá de lo que puede llamarse un "carpe diem" obsceno y arcaico. Una mera insatisfacción mental que nos tortura poco a poco, con el miedo que nos suscita al pensar que ya nada queda, que todo está perdido. Y para más colmo, a los que luchan conquistando un futuro mejor, los castigan con la represión a base de porras, parapetos de algún tipo de plástico y pelotas de goma. Amigos, hemos vuelto al pasado: a un pasado donde los jóvenes se atrincheraban en las universidades con intención de salvarse el futuro, con intención de evitar un sino oscuro y negro. Pero esos jóvenes románticos, que luchaban a duras penas con el miedo entre sus huesos, pagaban con una represión dulce, los palos y la cárcel... Nadie les aseguró la victoria, al fin y al cabo, todo estaba perdido.


Pero las rabietas del país, comúnmente conocido, "de la pandereta", no queda ahí. El presente nos asfixia poco a poco hasta que terminará enredándonos la soga en el patíbulo del futuro. Y nada se puede hacer y nada queda por soñar. Todo, absolutamente todo, queda enterrado en el mundo muerto de la cordura. Que Dios perdone los pecados de ésta, porque ha muerto de nuevo. Mas sus restos mortales, no descansan bajo tierra acompañados de gusanos, no; están abandonados a la intemperie a que unos malos cuervos, los mismos que la mataron, la despellejen y desmiembren. Así, el tiempo corre y poco a poco nuestro futuro se va haciendo más estrecho hasta llegar a una abertura minúscula por donde sólo pasarán unos pocos, aquellos que nos condenaron al fracaso humano.


Pero si bien, todo está perdido, aún queda una luz dentro del corazón, la del deseo, la del sueño. Y junto a ésta queda la esperanza, que es lo último que se pierde. Porque "dum anima est, spes est" (Mientras hay vida, hay esperanza).


Néstor

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