
Nada
más quedaba en la cabeza de Anabel que cuatro recuerdos vagos y una
preocupación. De lo primero nada se advierte, la muchacha siempre lo caya; de
lo segundo, todo, pero la intimidad es superior a la redacción de este relato y
por ende, nos lo reservamos. Pero aquello de lo que sí podemos hablar es de su
rostro. La joven Anabel poseía unos dulces y tiernos pómulos camaleónicos; ora
blancos, ora rosados. Su nariz, respingona y menuda parecía buscar refugio del
mundo en su cráneo y sus almendrados ojos negros, de raza pura y fiera tomaban
el espacio con sensualidad que la nariz abandonaba por timidez. Estos ojos,
reposaban entre dos disimulados arcos de hueso forrado donde algún día
descansaban unas cejas ya debilitadas por el maquillaje. Cejas de pelo fino y
trasparente que pasaban a segundo plano para otorgarle todo el protagonismo a
la mirada de la mujer. Seguida, una frente, plaza de los rayos primaverales y
vegas por donde unos surcos poco marcados duermen horizontalmente esperando la
vejez. Si bien sabemos, sus cabellos son rizos de color moreno o más bien dicho
azabache que danzan al son de los caminos de aquella seductora granadina,
heredera de sangre de la media luna y exótica como el desierto mismo.
Pero
su origen no la libraba de nada de lo que ese día sucedía y menos aún, de sus
preocupaciones.
La madrugada entrando en la casa de la noche le ponía más
rabiosa y nerviosa. No podía soportar el mirar el reloj, que mataba el tiempo
con el estrepitoso ruido de las manecillas meciéndose las unas a las otras.
Permanecía agitada, inquieta. Caminaba de un lado para otro y de éste para otro
más allá del salón e incluso cruzaba a la cocina para corroborar que el reloj
inhumano estaba en la hora correcta. Visto que así era, se enfurecía más y más;
el tiempo pasaba y Manuel no llegaba. Entretanto, colocaba una silla enfrente
del zaguán y se sentaba, después la ponía de nuevo en sus sitio, continuaba su
ruta de quebraderos y vueltas y volvía a colocar la silla con los ojos, tanto
los del mueble como los de ella, orientados a la puerta. Miraba fijamente la
cancela, pretendiendo escabullirse del odioso ruidito del reloj infernal,
concretamente, fijaba sus pupilas en el manillar para advertir si éste se
movía; una señal de que su marido habría llegado. Pero nada. Por fin, decidió
restablecer el asiento en su lugar y se dirigió a la cocina de nuevo, allí tomó
un vaso de agua para calmar su sed. Posiblemente sería la última vez que lo
haría bajo ese techo, ya no aguantaba más. No soportaba tener que esperar a su
esposo en la bien entrada noche mientras él se divertía en cualquier rincón de
mala muerte bebiendo, fumando y quizá apostando dinero a las cartas. Y menos
todavía el tener que aguantar como “el marrano”, según ella, se ahogaba con las
flemas y las toses mientras dormían, provocadas por la buena vida que llevaba.
Y aunque los hábitos no fuesen realmente como los de un gorrino, sus gestos lo
hacían parecerse a tal criatura de Dios. Estaba bastante entrado en carnes,
tanto es así que con él se podría cebar todo un corral durante un mes. Además,
era muy común en su especie animalada, rascarse la entrepierna como si le
llevase la vida en ello y qué menos que las perlas que lanzaba a la mujeres,
entre las menos apreciadas su esposa Anabel. Pero ésta, como cualquier mujer de
mediados del siglo XIX que tuviese la inmensa desgracia de tener que lidiar con
semejante jamelgo, aprendió a quererle. Fue de hecho cuando sufrió un infarto
casi mortal, tres años atrás, cuando pensó que lo perdería y la posibilidad de
que eso sucediera le helaba la sangre, porque aunque muchas veces deseaba no
haberle conocido, él era su “cerdito” del alma, en el fondo lo quería.
Pero
siguiendo con el relato, he de decir, que la mujer pasó buen rato sorbiendo el
agua del vaso mientras miraba por la ventana acortinada de la cocina. En aquél
intento de parecer portera, observó una luz en el vecindario encendida y tras
de sí, una mujer; seguramente otra sufridora de un sambenito más. Mas aquella
tendría mejor suerte aquella noche, podría dormir tranquila en su cama. Y acto
seguido, apenas terminado el agua del cristal, sonó la puerta. Anabel dejó el
vaso en la encimera y partió para ver a su marido. Estaba ebrio, como de
costumbre y se meneaba con movimientos sinuosos típicos de un borracho a las
dos de la madrugada.
—Ya
era hora, Manuel—advirtió ella—. ¿No crees que ya eres mayorcito como para que
tengan que cuidar de ti? ¡Mírate, estás borracho! ¡Qué asco me das!—con aires
de desprecio. Incluso subió sus carnosos labios carmín para dejar ver sus
perfectos dientes blancos.
—¡Déhammme enne paz¡—tenía la mirada
perdida, la lengua, todavía seguía en la taberna—. ¡Veeete aa me…me…terte con ttu rrmana! ¡Seg…gu…guro que ya ha venido…do a mo…molestar!—la hermana de
Anabel, Rosa, solía venir cuando ésta la llamaba preocupada por el paradero de
su esposo. La ya madura Rosa, conocedora de los hombres y de sus artimañas,
tenía clavado a Manuel entre los ojos. Ya sabía de qué pie cojeaba y era muy
común, que cuando las hermanas se reunían, que Manuel, sabiendo de la animadversión
que tenía su cuñada por él, la tomase con Anabel por haber visitado a quién él
llamaba “bruja asnada”.
—¡Basta
ya de hablar siempre de mi hermana! ¡Ella no pinta nada aquí!—enfurecida, se
acercó a Manuel y le mantuvo la mirada, ella, al ver que no podía establecer
ningún nexos de pupilas sin que él no cerrase los ojos, estalló de nuevo—. Ella
tiene razón. ¡Eres un cerdo y un borracho! ¡Mírate! ¡Apestas a coñac y a tabaco
y llevas semanas sin lavarte! ¡A saber con qué pelandruscas habrás estado esta noche!
—Con
cualquiera menos contigo—Anabel no podía más, empezó a golpearle en el pecho
como si quisiera atravesárselo, pero era inútil semejante acto con tan magna
mole de carne animada. Manuel, en su borrachera y giros de cabeza y cuerpo,
todavía recordaba a su cuñada. Los sentimientos de odio y asco hacia ella, le
ponían nervioso, le enfurecían. Sólo con imaginársela, se despertaban sus
instintos más fieros y su alma se escapaba al infierno. La tensión iba
aumentando y la cosa cada vez se complicaba más y más. Finalmente dirigió su
mirada a Anabel y al verla cómo
intentaba atentar contra él, cerró los ojos, cuando los volvió a abrir, pensó
que su cuñada estaba enfrente. Entonces, se produjo el peor sino para Anabel.
Manuel
la golpeó con tan desconsiderada fuerza que la tiró de inmediato al suelo.
Ella, bloqueada, palpó su tímida nariz, estaba sangrando. Él, en cambio, no
hizo más que mirarla, pero no con los mismos ojos de siempre, sino con aquellos
de odio y repulsión. Por un momento le gustó verla ahí humillada mientras creía
que era Rosa la que derramaba gotas de sangre en el suelo. Pero no quedó a
gusto y fue de nuevo a por ella. Ésta, atemorizada, huía hacia atrás,
arrastrándose por el enlosado mientras con negaciones de cabeza pedía clemencia
y perdón, no sabía por qué ese comportamiento de su esposo, al que, al fin y al
cabo, amaba en lo más profundo de su corazón. Manuel la cogió del pelo con la
mano derecha, soltó la chaqueta de la izquierda y con ésta agarró su brazo
izquierdo para bloquearla. Se dirigió en línea recta a la cocina, que tenía la
puerta abierta y allí la tiró al suelo. Pensó él en coger un cuchillo, pero
quería hacerla sufrir y por eso comenzó a golpearla con manos, pies y rodillas.
Arañó, mordió y no paró de machacar poco a poco a su mujer. Estaba loco de ira
hacia quien creía estar matando. Tal era la fuerza que ponía que rompió huesos
y vestido, además, terminó perforando la piel con sus mandíbulas consumidas por
el alcohol y el tabaco.
Anabel,
asustada se levantó como pudo, agarrándose a la encimera para tomar algo con que
defenderse, pero ante tal actuación, Manuel agarró la cabeza de la mujer y la
estampó una y otra vez contra la encimera. Dos, cinco y hasta nueve veces.
Finalmente, la mujer agitó su brazo y cayó al suelo. Con ella, el vaso que
había saciado por última vez su sed.
Así, la última gota de agua se fundía con
el último aliento de una mujer y con la sangre contaminada por el odio de un
hombre. El vaso, quedó entero, totalmente contrario a cómo yacía Anabel.
Manuel, sin dar cuenta de quién era realmente ella, se dirigió al salón, cogió
su chaqueta del suelo, encendió un cigarrillo que había guardado en un paquete
del bolsillo derecho del abrigo y se marchó de casa. Ya había terminado su
trabajo. Al unísono del portazo en la entrada, se produjo un silencio. Un silencio
roto por la agonía de una mujer moribunda en la cocina, que con un último
aliento ahogado en sangre, exclamó: “Perdóname”.
Néstor.