Muchos
son los días en los que pienso que algo malo me sucederá algún día. Desconozco
la fecha y el lugar, pero sé que eso pasará. No me preguntéis por qué,
simplemente es un sentimiento que tiene uno, un presagio del mal. Yo mismo me
asusto, tengo miedo cuando me adentro en aquellos presagios y pienso sobre esa
tragedia, quizá sea mi fin. Y lo hago porque sé que no soy una persona insegura
ni acomplejada del miedo, sé quién soy y lo demuestro, a capa y espada, todos
los días de mi vida, ante todo el orbe si hiciere falta. Pero sigo con mis
tragedias gramáticas en la cabeza, o quizá el corazón.
De
hecho, son muchos los días en los que, marcha seguida, en la soledad del
caminante de vuelta a casa, tras una jornada llena de alegrías y alguna
frustración que otra, comienzo a rezar, inconsciente, por inercia, pero con
buenas intenciones y decisión. Es una costumbre que acompaña al sentido trágico
que inunda mis días y curiosamente, con el paso del tiempo, ese pesar se va
haciendo más fuerte y pesado, pero más desconocido y borroso. ¿Qué será? Ni
siquiera el demonio lo sabe y falta no me hace el preguntárselo tampoco. Aun
así, no temo el fin cuando llegue, pero sí el no poder haber terminado mi obra
humana, mi camino y sobre todo, el dolor. Tengo mucho miedo al dolor, porque
éste a veces significa traición, desprecio u olvido. Tengo miedo al durante y
no al antes y al después.
Pero
mis posibilidades se fugan, no puedo hacer nada. No tengo los medios para
conseguirlo y por eso, como cuando voy caminando por la calle, en la soledad de
mi camino, rezo, pido a las Alturas que me ayuden y contengan mis días hasta
que termine mi ruta y mi camino. ¡Hermosa alegoría! En el camino anhelo el
camino de mi vida. Y por ello, pido sólo eso, nada más. Que el antes sea
fecundo, que el durante sea llevadero y suave y el después, no me importa, que
se ensañe conmigo entonces aquel sentido trágico, el presagio de mi fin.
Néstor.
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