Hace un momento en el telediario, he visto que se han dado
11 encuentros entre terroristas y víctimas y que han tenido buena
acogida. Además, alguno ha sido solicitado por el propio
terrorista, algo que me ha dejado bastante sorprendida.
“Quería saber qué sensación había tenido
cuando mató a mi marido”. Ésta es una de las perlas que ha soltado una de
las víctimas de ETA tras haber hablado con el asesino de su marido. Mi sorpresa
es que cómo a una persona que le han arrebatado tan injustamente a un ser
querido está dispuesta a ver al hijo de puta – porque no tiene otro nombre –
que lo ha hecho. ¿Por qué tiene ganas de verle? Respuestas; toda persona necesita respuestas a sus preguntas: ¿por qué lo hizo?, ¿tiene remordimientos?, ¿qué estaba pensando en ese momento? Me parece un poco masoquista querer pasar por este momento. Es irremediable que volverá a pasar por el dolor que le causó la pérdida, por la rabia que sintió – y que todavía sigue sientiendo seguramente – y que tanto tiempo le costó alejarse de ella por un tiempo. ¿Vale la pena volver a pasar por ello sólo por tener respuestas?
Sé que para
que se lleve a cabo este encuentro se necesita una preparación psicológica no
sólo por parte de la víctima sino también por parte del terrorista. ¿Será para
no abalanzarse sobre él porque lo único que quiere uno es matarlo? Bueno, esto
no pasará porque en todo momento hay un psicólogo con ellos que sirve de
mediador en ciertos asuntos.
Personalmente,
no me parecen racionales este tipo de encuentros. ¿Qué haríamos si nos dicen
que el tipo que mató a nuestro familiar quiere vernos? Mi primera respuesta – y
última – sería un no rotundo. Sinceramente, lo último que quiero hacer en esta
vida es ver a ese malnacido y si lo veo, es para llevar a cabo el archifamoso “ojo por ojo,
diente por diente”. Pero debe ser que el tratamiento psicológico deja atontados
a los familiares y dan su brazo a torcer ante la proposición. Incluso, he oído
que una de las muchas víctimas le quiso dar un abrazo al preso. ¡¿Pero estamos
locos?! ¿En serio que le vas a dar un abrazo? ¡Increíble! ¡Lo que me faltaba
ya!
Pero, luego,
este gesto me ha dado qué pensar. ¿Realmente se puede perdonar aunque el pecado
sea tan grande? ¿Qué es lo que le ha pasado a esa persona por la mente para que
llegue a quererle dar un abrazo a ese asesino? ¿Es posible que el resto seamos
capaces algún día de hacerlo? Yo no. Yo jamás querré darle un abrazo a un
asesino que me ha arrebato a lo que más quería en esta vida. Yo jamás sabré
perdonarle. Debe ser que para saber perdonar hay que ser un santo. En mi caso, no me esperéis en el santoral.
Irene
Irene
No hay comentarios:
Publicar un comentario