3 de marzo de 2012

Luces del pasado



Prólogo

Corrían las llamas enfurecidas por el contorno de aquél amasijo adornado de madera y pasta de papel de tal forma, que parecía buscar un agujero para abrasar las entrañas de la figura caricaturesca. Los dedos quedaban ennegrecidos por el rastro de la combustión y abrigados por el dulce color caramelo de la seña del infierno. Está, en gran cantidad y abundancia se contonean poco a poco como bailarinas sensuales al son de la música del tiempo. Ora contoneándose, ora rotando. Y a dicho baile del demonio le seguían las miradas fijas de los espectadores y alguna que otra lágrima desbordada por la emoción que suponía tanta belleza en aquel juego de luces y formas serpenteantes.

Como era de imaginar, la plaza estaba a oscuras, sólo la fuerza del fuego alumbraba dicho espacio. Y era tal la fuerza de ése que el enclave se convirtió por una noche en una puerta al Averno. Sólo faltaba la laguna de Caronte estigio, o el triple aliento del Cancerbero. Por lo demás, todo estaba allí. Había montes y valles representadas por las construcciones colosales, le seguía la oscuridad de las tinieblas y la luz del fuego verdugo, se le suman las almas expectantes y algunas otras que lloran y se lamentan y como no, estaban presentes además los pequeños diablos y las quimeras, que con sus artimañas prendían fuego a los montes donde terminaban ardiendo los pecadores, sustituidos en aquella plaza por las figuras de papel de dichas construcciones.

Aquellas figuras, algunas mirando el cielo, parecían soñar con agonía salir de aquel entramado de maderas y varillas para salvarse del fuego. Pero era inútil el conato, pues estaban tan bien sujetas así como les faltaba la vida. Y todo esto sin detallar cómo a muchas de ellas carecían de alguna parte del cuerpo, sea piernas, sea brazos, cabeza o algún trozo del cuerpo. Todo ello provocado por la genialidad de su hacedor quien con empeño y maestría diseño un escenario de colores y formas donde éstas últimas se superponían unas encima de otras sin dejar espacio a la vista.

Por otro lado, mientras seguíamos con el hilo del relato, el fuego se agitaba en mayor grado y con más virulencia. Tanto es así que algunas de las figuras más pequeñas quedaban sin rostro y ya se podía apreciar, relleno de llamas, sus entrañas menudas donde vivían escondidos sus huesos hechos con restos de árboles. Y sin que sirva de precedente, ha sucedido hasta ahora que una u otra figura, de también poco peso, tamaño y consistencia, se ha desplomado por el ataque del fuego: Otra alma sucumbida por las llamas del infierno, otro espíritu ahogado en el calor del mal, otro ser desaparecido, otro ente que existió y deja de existir en este momento.

¡Qué fugaz es la vida que mientras estamos aquí narrando y leyendo, se lleva la existencia de las almas del mundo! Y seguramente no sólo las de aquellas figuras son las que desaparecen. Pero no nos pongamos melancólicos y tristes y miremos para otro lado, volvamos con nuestra historia.

Mientras las brasas engullían las cicas representaciones inertes, los espectadores continuaban con la mirada fija tras una línea imaginaria creada por la agrupación en rededor del centro infernal, por los encargados de la cremación. Había personas de todo tipo: ancianos, niños, jóvenes y no tan jóvenes, altos, bajos ayudados por banquetas o bordillos, hombres y mujeres engalanados o de ropa cotidiana, otras con vestimenta del pueblo y hasta se reservaba el derecho de asistir a gentes que portaban en sus brazos tanto infantes como algún animalillo; unos perros, otros gatos.

Lo que sí tenían muchos de ellos en común eran las lágrimas. Como ya dije antes, unos lloraban por emoción, pero otros, lo hacían porque el fuego les secaba los ojos y porque los vapores y humillo de la falla, les cegaba la vista. Esto último estaba presente en mayor grado, en los individuos de las primeras filas, que debido al peligro del fuego, eran mayormente hombres y mujeres adultos o ancianos, no había muchos niños y si los había, estaban sujetos por sus acompañantes responsables.
 Pero si nos introducimos en la masa de gente, aparte de que nos mirarían por interrumpir su concentración a medida que avanzamos en profundidad, podríamos percibir a un joven hombre, de unos cuarenta años, con su hija, que ante la violencia de la escena, semejante a un auto de fe inquisitorial, oprimía el muslo derecho de su padre con su cabeza con intención de refugiarse del terror. El hombre, engalanado con levita negra y traje y pelo bien adecentado así como barba abetunada y recortada a más no poder, como acariciase los dulces cabellos de su hermosa hija en un intento de calmarla y mostrarla su protección, observaba con ojos abiertos de par en par el espectáculo. En sus ojos, una lágrima terminó cayendo acompañada de un semblante serio, incluso ahogado de rabia y borracho de impotencia. A este semblante pasajero, se le sumaba el rostro permanente de un joven y hermoso muchacho, entrado ya en años, con su nariz menuda y redonda, labios carnosos y rojizos, pómulos perdonados por el paso del tiempo y frente tersa y cubierta por bucles abiertos de su cabello. Pelo negro azabache natural, a juego con la barba teñida artificialmente, Ojos azules penetrantes que parecían abrir las puertas al cielo en medio de aquel infierno que era la falla.

En su corazón, un sentimiento punzante y agudo, lo mismo que un pensamiento y recuerdo amargo y tortuoso en su mente y una imagen infernal en sus ojos. Unos ojos que ya vivieron anteriormente una escena así, pero con almas de verdad….

CONTINUARÁ

Néstor, Luces del pasado, prólogo.

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