Prólogo
Corrían las llamas enfurecidas por el contorno de aquél
amasijo adornado de madera y pasta de papel de tal forma, que parecía buscar un
agujero para abrasar las entrañas de la figura caricaturesca. Los dedos
quedaban ennegrecidos por el rastro de la combustión y abrigados por el dulce
color caramelo de la seña del infierno. Está, en gran cantidad y abundancia se
contonean poco a poco como bailarinas sensuales al son de la música del tiempo.
Ora contoneándose, ora rotando. Y a dicho baile del demonio le seguían las
miradas fijas de los espectadores y alguna que otra lágrima desbordada por la
emoción que suponía tanta belleza en aquel juego de luces y formas
serpenteantes.
Como era de imaginar, la plaza estaba a oscuras, sólo la
fuerza del fuego alumbraba dicho espacio. Y era tal la fuerza de ése que el
enclave se convirtió por una noche en una puerta al Averno. Sólo faltaba la
laguna de Caronte estigio, o el triple aliento del Cancerbero. Por lo demás,
todo estaba allí. Había montes y valles representadas por las construcciones
colosales, le seguía la oscuridad de las tinieblas y la luz del fuego verdugo,
se le suman las almas expectantes y algunas otras que lloran y se lamentan y
como no, estaban presentes además los pequeños diablos y las quimeras, que con
sus artimañas prendían fuego a los montes donde terminaban ardiendo los
pecadores, sustituidos en aquella plaza por las figuras de papel de dichas
construcciones.
Aquellas figuras, algunas mirando el cielo, parecían soñar
con agonía salir de aquel entramado de maderas y varillas para salvarse del
fuego. Pero era inútil el conato, pues estaban tan bien sujetas así como les
faltaba la vida. Y todo esto sin detallar cómo a muchas de ellas carecían de
alguna parte del cuerpo, sea piernas, sea brazos, cabeza o algún trozo del
cuerpo. Todo ello provocado por la genialidad de su hacedor quien con empeño y
maestría diseño un escenario de colores y formas donde éstas últimas se
superponían unas encima de otras sin dejar espacio a la vista.
Por otro lado, mientras seguíamos con el hilo del relato, el
fuego se agitaba en mayor grado y con más virulencia. Tanto es así que algunas
de las figuras más pequeñas quedaban sin rostro y ya se podía apreciar, relleno
de llamas, sus entrañas menudas donde vivían escondidos sus huesos hechos con
restos de árboles. Y sin que sirva de precedente, ha sucedido hasta ahora que
una u otra figura, de también poco peso, tamaño y consistencia, se ha desplomado
por el ataque del fuego: Otra alma sucumbida por las llamas del infierno, otro
espíritu ahogado en el calor del mal, otro ser desaparecido, otro ente que
existió y deja de existir en este momento.
¡Qué fugaz es la vida que mientras estamos aquí narrando y
leyendo, se lleva la existencia de las almas del mundo! Y seguramente no sólo
las de aquellas figuras son las que desaparecen. Pero no nos pongamos
melancólicos y tristes y miremos para otro lado, volvamos con nuestra historia.
Mientras las brasas engullían las cicas representaciones
inertes, los espectadores continuaban con la mirada fija tras una línea imaginaria
creada por la agrupación en rededor del centro infernal, por los encargados de la
cremación. Había personas de todo tipo: ancianos, niños, jóvenes y no tan
jóvenes, altos, bajos ayudados por banquetas o bordillos, hombres y mujeres
engalanados o de ropa cotidiana, otras con vestimenta del pueblo y hasta se
reservaba el derecho de asistir a gentes que portaban en sus brazos tanto
infantes como algún animalillo; unos perros, otros gatos.
Lo que sí tenían muchos de ellos en común eran las lágrimas.
Como ya dije antes, unos lloraban por emoción, pero otros, lo hacían porque el
fuego les secaba los ojos y porque los vapores y humillo de la falla, les
cegaba la vista. Esto último estaba presente en mayor grado, en los individuos
de las primeras filas, que debido al peligro del fuego, eran mayormente hombres
y mujeres adultos o ancianos, no había muchos niños y si los había, estaban
sujetos por sus acompañantes responsables.
Pero si nos
introducimos en la masa de gente, aparte de que nos mirarían por interrumpir su
concentración a medida que avanzamos en profundidad, podríamos percibir a un
joven hombre, de unos cuarenta años, con su hija, que ante la violencia de la
escena, semejante a un auto de fe inquisitorial, oprimía el muslo derecho de su
padre con su cabeza con intención de refugiarse del terror. El hombre,
engalanado con levita negra y traje y pelo bien adecentado así como barba
abetunada y recortada a más no poder, como acariciase los dulces cabellos de su
hermosa hija en un intento de calmarla y mostrarla su protección, observaba con
ojos abiertos de par en par el espectáculo. En sus ojos, una lágrima terminó
cayendo acompañada de un semblante serio, incluso ahogado de rabia y borracho
de impotencia. A este semblante pasajero, se le sumaba el rostro permanente de
un joven y hermoso muchacho, entrado ya en años, con su nariz menuda y redonda,
labios carnosos y rojizos, pómulos perdonados por el paso del tiempo y frente
tersa y cubierta por bucles abiertos de su cabello. Pelo negro azabache natural,
a juego con la barba teñida artificialmente, Ojos azules penetrantes que
parecían abrir las puertas al cielo en medio de aquel infierno que era la
falla.
En su corazón, un sentimiento punzante y agudo, lo mismo que
un pensamiento y recuerdo amargo y tortuoso en su mente y una imagen infernal
en sus ojos. Unos ojos que ya vivieron anteriormente una escena así, pero con
almas de verdad….
CONTINUARÁ
Néstor, Luces del pasado, prólogo.
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