Cuando el mundo no da solución a nada, ni siquiera el futuro, debemos buscar una alternativa. Pero sea cual sea nuestro camino, siempre deben quedar el amor al bien y la esperanza.
Ya no me puedo callar. Estoy harto de ver cómo mi país y con
él su nación se hunde como la basura ignota en la extraña región de la nada,
harto de observar como los líderes “carismáticos y justos” se jactan mientras
arañan con sus mugrosas garras el bastión de una sociedad sedienta de justicia
y de libertad de la buena, de la que dicta la ley natural. Harto de que nos
ahoguen en la más absoluta miseria, favoreciendo a los mercados, al fin y al
cabo, entidades no físicas que no sufren el hambre, el agotamiento, ni la
impotencia del que no se siente útil.
Harto de divisar los números al alza de una innumerable
lista de afiliados a las oficinas del desempleo y de percibir como el derecho
natural del amor se ve truncado por ideologías azules naifes y retrógradas.
Harto de la falta de cordura y del ansia de elitismo social donde, como
renacentistas fracasados o barrocos libertarios vencen los más agraciados
económicamente mientras recogen a buen asilo su capital necesario para el
levantamiento de la economía y del país. Harto de una nación reventada por la
falta de seriedad ante la vida y ante las personas: que se vayan a jugar con
sus perineos al otro lado de Sodoma, donde ya quedaron las hetairas de la
cultura (los defensores de los “derechos” a la propiedad “intelectual”).
Harto de olisquear como se va pudriendo la humana caridad en
las cúpulas del mundo y de nuestro país. Harto ya de la fatiga que supone el
ver como una hienas van engullendo lo poco que queda de nosotros y lo implantan
en más esfuerzo requerido para pagar impuestos y más impuestos (la gasolina y
demás cosas necesarias incluso para trabajar y así para ganar dinero para pagar
los impuestos, cada vez está más caro), Harto de sentir odio por mi país; un
odio implantado por pubertos hormonados con bigotes y canas, odio que provocan
al ver cómo vamos cada vez en retroceso, ya no social, sino humanamente.
Harto de la desesperación que es ver a la gente por la
calle, mendigando veinte míseros céntimos mientras los ricachones favorecidos
por el gobierno de la justicia azul se regocijan en piscinas doradas y
empapeladas con los billetes que puede llegar a tener un barrio humilde y sobre
todo más trabajador que algunos pecuniosos. Harto de la amargura y de la
desolación, de la furia que me lleva a escribir estas palabras y de la negra
visión sobre el futuro; un futuro ocultado bajo campañas electorales
triunfantes y mentirosas que prometen soluciones y en mayor grado cambio. Por
fin podemos asegurar que han cumplido algo: el cambio. Un cambio a la
antilibertad, a la antihumanidad, a la injusticia y al abandono colectivo de
amantes de su cuna.
Yo también lo haría si pudiese, pero el amor, más fuerte que
el odio que pudieren grabarme esos necios en el pecho, me obliga a continuar
mirando para delante y observar y luchar por un futuro que ahora queda
ennegrecido por la amenaza de la esclavitud a políticas burguesas y por la
falta de seguridad entre las mentes más débiles del mundo; los jóvenes.
A vosotros, compañeros de camino y vulnerable producto de
románticos y barrocos, no perdáis la esperanza como lo hiciera el ilustre
Larra. ¡Basta ya de lamentos! ¡Es hora de ponerse al frente y derribar, con
cordura, seriedad, politicismo y con fundamentos justos a la gran amenaza del
mundo y más de nuestro país: El Neorrenacimiento fracasado.
Ay si el corazón fuera el líder del mundo…. Otro gallo o
paloma cantarían: COR IUSTITIA MUNDI.
Néstor
Néstor

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